Another (amazing) chapter

domingo, 12 de enero de 2014

Dicen que para que la motivación se haga efectiva, es necesaria, además de la activación, una dirección a dónde dirigir esa motivación.
Desde que era pequeña, siempre me he imaginado historias fantásticas antes de ir a dormir. 
Cuando tuve la suficiente capacidad como para escribir medianamente bien, comencé a plasmarlas en papel. Trataban sobre príncipes y princesas, sobre mundos extraordinarios o sobre árboles y amapolas que hablaban.

Pero una época fea que duró unos años en mi vida, nubló mi capacidad para expresar todo ese mundo que poseía dentro y me dejó inutilizada para no poder escribir más que una o dos páginas o unas escasas palabras en este blog. Aunque algo en mí seguía encerrado, adormilado, sentado...esperando para ser activado en cualquier momento y volver a hacer sentir, imaginar, pensar y emocionar.

Cómo dice Stanislao Bachrach, doctor en biología molecular y autor del libro "Agilmente", "las mejores ideas aparecen cuando el cerebro está descansado y pensando en otra cosa, o quizá en nada".

De repente, cuando de mi mente desapareció esa niebla y era capaz de pensar con lucidez y realismo, comenzaron a aparecer ideas llenas de posibilidades y contenido. Pero aún no me encontraba capacitada como para escribir lo que realmente yo quería y buscaba.

Hoy, a principios de un 2014 lleno de posibilidades, dejo en este (querido y, siempre paciente conmigo) blog, una pequeña muestra de lo que espero, sea algo de lo que esté orgullosa cuando lo acabe...





Era un 20 de mayo. Había sido un frío y duro día. De esos que, tan sólo mirar por la ventana y ver las oscuras nubes y las hojas de los árboles moviéndose, te recorre una sensación de frío por  todo el cuerpo.
Afortunadamente su jornada ya había terminado, y Lucía llegaba a su pequeño piso céntrico de Madrid, a eso de las 9 de la noche.

No era gran cosa, pero a ella le encantaba. De hecho, ha sido la decisión más rápida que había tomado nunca. Acababa de mudarse a Madrid desde su ciudad, Albacete, en busca de nuevas oportunidades. Tenía algunos ahorrillos de antiguos trabajos, así que podría vivir por unos meses allí mientras conseguía algún tipo de trabajo (si era relacionado con lo suyo, psicología, mucho mejor).
Cuando el chico de la inmobiliaria se lo enseñó, no estaba amueblado, ni siquiera ventilado en unos meses, o quizá años.
Cajas por todos sitios, cortinas viejas y mal puestas, pelusas y telarañas corriendo por doquier… Un cuadro de piso. Pero era barato, muy barato. Demasiado.
Indagando, el chico de ojos azules de la inmobiliaria le comentó que perteneció a un matrimonio de unos 40 años que murió en un trágico accidente la navidad del 2011. Tenían una niña pequeña, que también falleció con ellos.
Tras el accidente, los familiares no quisieron ni pisar la entrada del piso. Se querían deshacer de él lo antes posible.

Lucía sólo tenía pensado alquilar el piso, pero hablando con sus padres, decidieron que no podían desaprovechar la oportunidad de adquirir un apartamento en el centro de Madrid por 40.000 euros. Así que lo compraron valiéndose de unas acciones de Telefónica que tenían invertidas desde hace tiempo. Igualmente, ese piso resultaba una inversión igual o superior a las acciones.

Tras unas semanas, el piso no parecía el mismo. No había ni un atisbo de lo que fue. Lucía reunió a su familia, un par de primos manitas, su hermana (decoradora de interiores)… Pintura nueva, tarima en el suelo, muebles de Ikea, cortinas recién planchadas.
Cuando todo acabó y Lucía se quedó, por fin, sola ante su nueva vivienda, no pude evitar emocionarse de felicidad y satisfacción; su nueva casa parecía sacada de una revista de decoración.
Cogió una cerveza del frigorífico (siempre tenía Coronitas y Desperados, sus favoritas), y se sentó en el suelo observando su nuevo dormitorio. Era su habitación preferida.

Su hermana Thais tuvo la idea de colocar papel gris en la pared de la cama, y pintar el resto de un intenso verde hierba. La cama, sin cabecero, estaba inspirada en el estilo zen. Todo en aquella casa era minimalista.
Sin grandes cuadros, lo que más destacaba de su habitación era un vinilo en 3D justo enfrente de la cama. Representaba una ventana a algún prado verde de cualquier sitio perdido (perdido y precioso).
Ver el vinilo desde la cama, le daba una bocanada de aire fresco y de positivismo.
Unas cuantas cajas de libros y una estantería vacía completaban el resto de la habitación. No había tenido tiempo aún de terminar de instalarse.


De eso hacía ya justo 4 años. Desde entonces, cada 20 de mayo, Lucía organizaba una quedada con sus amigos más cercanos. Como no tenía pareja, pensaba, algún aniversario tenía que celebrar; el del día que realmente consideró como su hogar ese apartamento.


Tenía que darse prisa, ya que sólo disponía de una hora para prepararlo todo. Ensaladas variadas, canapés de salmón y atún y unas pizzas componían el menú de la cena. No le apetecía complicarse más la vida. Ni le apetecía ni tenía tiempo.
Para compensar la cena tan poco elaborada, compró 50 cervezas, 10 botellas de vino rosado (el que a casi todo el mundo gusta) y una botella de Barceló, otra de J&B y una última de Jagger. Para todos los gustos.

La primera en llegar fue su compañera de trabajo, Isina, con una botella de vino blanco (¡vaya, más vino!) y su sonrisa imborrable de siempre.
Isina empezó en el negocio cuando Lucía más o menos. Realmente no era una “compañera de trabajo” al uso. Simplemente compartían apartamento de oficinas.
Ella era psiquiatra, y se encargaba de los casos más variopintos y extraños. A veces, cuando Lucía detectaba en sus pacientes alguna grave psicopatía, los mandaba derechos a Isina.
 Isina hacía lo mismo cuando le llegaba algún caso de depresión leve o de anorexia. Le parecía más recomendable que los tratara Lucía.
A cambio de cada paciente que se derivaban, habían acordado llevarse una comisión del 10%.
A todo el mundo le parecía muy extraño esa forma de proceder, pero, como respondía siempre Isina; “cada alma está cualificada para una tarea. Si al maíz le untas chocolate, probablemente estará asqueroso. Igual pasaría si mezclas mahonesa con una galleta.”
Lucía siempre pensó de ella que tenía un algo en su interior que la hacía bella simplemente con intercambiar dos palabras con ella. Desprendía luz, energía. Y era buena persona. La mejor.

-Vaya, al final has quitado la copa esa tan horrible que te regaló Tomás.-dijo Isina señalando a la pequeña estantería blanca de encima del televisor de 40 pulgadas.
-Te dije que la quitaría nena, sólo que necesitaba tiempo para recomponerme de todo lo que había pasado. Siempre recomendamos a nuestros pacientes liberarnos de las cosas de la persona que se ha ido poco a poco, ¿no?
-Eso es lo que hay que hacer en teoría cielo, pero cuando encima es un regalo cutre, feo y de una persona que te ha hecho daño, es lo primero que hay que tirar.-le respondió a Lucía soltando una carcajada. Lucía se quedó pensando durante unos segundos con el gesto fruncido y se unió a ella.

Sólo hacía dos meses que lo habían dejado, por lo que aún le dolía. De hecho, se pasó la próxima hora dándole vueltas a lo de Tomás. A nada en concreto, simplemente a Tomás.
Recordaba su pelo negro y ligeramente rizado, sus ojos verdes, su olor a perfume caro, madera de cedro blanco con algún pequeño matiz frutal (Lucía tenía una verdadera afición por los perfumes, de hecho, había realizado un par de cursos sobre los tipos de perfumes y su elaboración). También recordaba sus manos grandes, varoniles. Sus besos y sus abrazos fuertes. La forma de hacerle el amor.
Pero también le venía a la mente los Whatsapp’s que le llegaban repetidamente a su móvil de esa tal “Marinita”. Los “te amo” que logró ver en mensajes enviados, o los “lo de anoche fue inolvidable” en los recibidos.
En esa hora, recordó vagamente cómo Tomás la sentó en el mismo sofá en el que estaban en ese momento Isina y ella, enseñándole una foto de no sé quién, y le dijo que no podía seguir con ella porque notaba que ella era demasiado para él, y que no le podía ofrecer lo que ella demandaba. Lucía le cruzó la cara de tal forma, que tenía miedo de haberle desplazado una vértebra.
Tras decirle a Tomás que ya sabía que estaba con otra, y que cómo se atrevía a no ser sincero con ella, con todo lo que habían pasado juntos, lo echo de su casa. No había vuelto a saber nada de él desde entonces.
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