"No existe el fracaso, salvo cuando dejamos de esforzarnos" Jean Paul Marat.
Caminé hasta altas horas sin darme cuenta de la hora que era.
Cuando me quise dar cuenta del tiempo y del espacio,
el primero pasaba de las 12 y el segundo, 2 kilómetros alejada de la ciudad.
Me sentía tan ahogada que necesitaba salir corriendo de aquel cuchitril.
Nadie se ríe de mí.
Nadie.
Seguí andando. Pensé en no volver.
Sentí vergüenza. Inferioridad. Miseria.
Sentí asco. Rabia. Envidia.
Empecé a correr y entonces me caí. Empecé a ver la sangre correr por mis codos.
Me alivió. Gratamente me alivió. Un poco de vergüenza se fue.
Después comencé a dar puñetazos contra una roca.
Las manos me dolían. Los puños me sangraban.
La vergüenza y la inferioridad desaparecieron.
Me subí a un árbol y me tiré desde su rama más alta. Varios de mis huesos crujieron.
Miseria y asco se fueron de una.
Todavía me quedaban rabia y envidia.
Ví una cuchilla abandonada. Comencé a hacerme cortes en los brazos...hasta que me desvanecí.
Cuando me desperté, estaba en un hospital.
Tenía el suero puesto.
Vendas por todos sitios.
Tenia varios huesos rotos.
Hemorragias externas e internas varias.
Nada de eso importaba. Yo estaba feliz.
Todo mi malestar conmigo misma se había ido.
Había encontrado la forma de deshacerme de todos mis problemas cuando aparecieran.
Esta es una forma demasiado gráfica de describir lo que muchas veces, más de las que pensamos, solemos hacer. Nos dañamos a nosotros mismos por el malestar que sentimos hacia nuestra persona. Por no gustarnos. Por no valorarnos. O simplemente por no saber solucionar los problemas de otra forma.
Cuando alguien pasa por algún momento traumático de cualquier nivel (ya sea suspender un examen o la pérdida de la pareja), se suele flagelar al propio cuerpo. Al menos durante unas semanas o unos días, en forma de comilonas, pérdidas de apetito, no cuidarse o, en grados más altos, daños contra su propio cuerpo.
Siempre hay formas diferentes de tratar las cosas, de superarlas. Basta con, llegado el momento del "trauma", observar la situación, también la opción que ibas a tomar y pensar si es la más indicada y porqué la haces.
Recuerda, no siempre tú tienes la culpa de lo que te ocurra. A veces el mundo es el injusto. Otras veces, simplemente, los problemas se hacen más grandes en tu cabeza y con un simple soplido los podrías haber derribado.
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